Hoy por la mañana he llevado a Nikita a su quinto día de adaptación en la guardería. Por primera vez se quedaba a comer también.

Ella todavía no habla apenas, pero las miradas y las caras de tristeza y desesperación lo dicen todo en el momento de dejarla en el aula con las profesoras. Y los lloros, y cómo se lanza hacia mi desde los brazos de otra persona que apenas conoce.

Menuda cara que se me ha debido quedar cuando me he despedido de ella con nervios y prisa y he salido del aula para aparcar el carrito, mientras oía de fondo su llanto, casi el único hoy en la guardería.

Tan mala cara, que la buena de la profe me ha llamado al móvil unos minutos después para tranquilizarme: “se ha calmado y ahora juega contenta con el resto de niños y niñas”.

Y unas horas después mi madre, que ha ido a recogerla, me comentaba que había estado muy bien, apenas sin llorar. ¡¡Qué campeona!! 🙂

Y es que al final la adaptación al cole, lo más duro, termina siendo más para los padres que para los hijos…